martes, 24 de marzo de 2009

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miércoles, 21 de mayo de 2008

Ejercicio de cambio de voz narrativa

A LA DERIVA*
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Un homenaje a Horacio Quiroga

-----Pisé algo blanduzco y enseguida sentí una mordedura en el pie. De inmediato salté hacia delante y al volver la mirada vi una yararacusú que, arrollaba sobre sí misma, esperaba en silencio su próximo ataque.
-----Sólo me bastó una veloz ojeada al pie para advertir como dos gotitas de sangre se engrosaban dificultosamente sobre mi piel. Saqué el machete de la cintura. Vi como el brillo de la hoja metálica atemorizaba a la agresora al punto de hacerla volverse sobre su propio espiral. Sin dudarlo, le lancé el envión. El machete le cayó de pleno en el lomo, dislocándole las vertebras.
-----Con el peligro disuelto, me dediqué a la herida, a los dos puntos violeta. Limpié la sangre y estuve por un tiempo observando las marcas del ataque. Podía sentir como el dolor agudo que en principio se restringía a los dos puntos, ahora se apropiaba de todo el pie. Sabía que debía encerrar el veneno, por lo que ligué el tobillo con un pañuelo y seguí por la picada hacia el rancho.
-----El camino resultó ser una tortura. El dolor en el pie aumentaba a cada paso con sensación de tirante abultamiento. De pronto, sentí dos o tres fulgurantes puntadas que como relámpagos habían irradiado desde la herida hasta la mitad de la pantorrilla, evitando que pudiera mover la pierna con normalidad. A esa altura, ya me asediaba una metálica sequedad de garganta, acompañada por una sed que me quemaba la boca desde adentro.
-----Por fin en el rancho y con el peso del cansancio haciendo de mi cuerpo un pesado y moribundo andamiaje orgánico, me eché de brazos sobre la rueda de un trapiche. De vuelta a la herida, los dos puntitos habían desaparecido en la monstruosa hinchazón del pie entero. La piel parecía adelgazada a punto de ceder de tensa. Indefenso, quise llamar a mi mujer, pero la voz se me quebró en un ronco arrastre de garganta reseca.
-----–¡Dorotea! –alcancé a lanzar en un estertor­–. ¡Dame caña!
-----La vi correr hacia mi dirección con un vaso lleno de un líquido que me tomó tres sorbos largos en beber por completo, sin lograr encontrarle sabor alguno.
-----–¡Te pedí caña, no agua! –le rugí de nuevo–. ¡Dame caña!.
-----­–¡Pero es caña, Paulino! ­–me protestó con un claro gesto de espanto.
-----–¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo!
-----Nuevamente regresó corriendo a la cocina. De vuelta vino con la damajuana. Tragué, uno tras otro, dos vasos sin poder sentir nada en la garganta. Tuve entonces un mal presentimiento.
-----–Bueno; esto se pone feo… –murmuré mientras miraba el pie lívido y con lustre gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo, la carne desbordaba como una monstruosa morcilla.
-----Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos, llegando en ese momento a la ingle. La atrocidad de la escena la completaba la insoportable sequedad de garganta que había convertido mi aliento en una incandescente caldera. Cuando pretendí incorporarme, un fulminante vómito me mantuvo medio minuto con la frente apoyada en la rueda de palo.
-----No quería morir, pensaba que ese no podía ser mi final. Descendí hasta la costa, subí a la canoa, me senté en la popa y comencé a palear hasta el centro del Paraná. Allí, la corriente del río, que en inmediaciones del Iguazú corre seis millas, me llevaría antes de cinco horas a Tacurú-Pucú.
-----Efectivamente, entre el dolor, la sed y la sombría energía del veneno, pude llegar hasta el medio del río, pero estando allí, con el cauce a mi disposición, las manos se me adormecieron. Tuve que dejar caer la pala dentro de la canoa y tras un nuevo vómito –de sangre esta vez–, dirigí la mirada al sol que ya trasponía el monte.
-----Sentía que la pierna, hasta el medio muslo, era un bloque deforme y durísimo que me reventaba la ropa. Corté la ligadura y abrí el pantalón con el cuchillo. Entonces vi lo peor: el bajo vientre desbordó hinchado con grandes manchas lívidas cargadas de dolor. Pensé que no podría llegar solo a Tucurú-pucú y decidí pedir ayuda a mi compadre Alves, a pesar que hacía mucho tiempo que andábamos disgustados.
-----La corriente del río se precipitaba hacia la costa brasileña, lo que me permitió atracar. Como pude me arrastré por la picada en cuesta arriba, pero a los veinte metros, exhausto, quedé tendido de pecho.
-----–¡Alves! –grité con cuanta fuerza pude; y presté oído en vano.
-----–¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor! ­–clamé de nuevo, alzando la cabeza del suelo, pero en el silencio de la selva no se oyó un solo rumor. Tuve aún valor para llegar hasta la canoa y, cogiéndola de nuevo, la corriente me llevó velozmente a la deriva.
-----El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas bordeadas de negros bloques de basalto asciende el bosque, negro también. Adelante, a los costados, detrás, siempre la eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo, el río arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma, cobra una majestuosidad única.
-----El sol había caído ya cuando, semitendido en el fondo de la canoa, tuve un violento escalofrío. Y de repente, con asombro, enderecé pesadamente la cabeza: me sentía mejor. Apenas, si me dolía la pierna. La sed disminuía y el pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración.
-----No tenía duda de que el veneno comenzaba a irse. Me hallaba casi bien y aunque no tenía fuerzas para mover las manos, contaba con la caída del rocío para reponerme del todo. Calculaba que antes de tres horas estaría en Tucurú-pucú.
-----El bienestar avanzaba apacible por mi cuerpo y con éste una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada, ni la pierna, ni en el vientre. Me preguntaba si aún viviría mi compadre Gaona en Tucurú-pucú, si estando allí, me encontraría con mi ex patrón, mister Dougald o con el recibidor del obraje.
-----El cielo, al poniente, se abría en pantalla de oro y el río se había coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el río su frescura crepuscular en permanentes efluvios de azahar y miel silvestre. Pude ver como una pareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el Paraguay.
-----La canoa derivaba velozmente, sobre el río de oro, girando a ratos sobre sí misma, ante el borbollón de un remolino. Mientras tanto yo, me sentía cada vez mejor y pensaba, entretanto, en el tiempo justo que había pasado sin ver a mi ex patrón Dougald. ¿Tres años? Tal vez no, tal vez no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho meses y medio? Eso sí, seguramente.
-----De pronto sentí que estaba helado hasta el pecho. ¿Qué sería? Y la respiración… Al recibidor de maderas de mister Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto Esperanza un viernes santo… ¿viernes? Sí, o jueves…
-----Fue cuando estiré lentamente los dedos de la mano.
----–Un jueves…

*Ejercicio de cambio de voz narrativa de tercera a primera persona, basado en el cuento homónimo de Horacio Quiroga.